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Sembrar oportunidades desde la comunicación

Dice un antiguo relato chino que un hombre estaba muy obsesionado por su destino, en cuanto le tocaría ir al cielo o al infierno. Y que su mayor obsesión estaba dada por conocer cómo era la vida en ambas situaciones.

Tanta era su obsesión, que un día obtuvo el poder visitar el infierno y el cielo.

Descendió las escaleras rumbo al infierno, y el guía lo introdujo en una gran sala donde en una amplísima mesa estaban colocados los más exquisitos manjares que se podía haber imaginado.

Pero la sorpresa fue mayor cuando descubrió que los comensales estaban famélicos y con huellas de no comer hace mucho tiempo, aunque disponían de larguísimos palillos que, al sonar una campanilla, le permitían tomar la comida, pero era imposible que la llevaran a sus bocas.

–"Esto es terrible", dijo nuestro hombre.

–"Ahora, conozcamos el cielo", dijo el guía.

Acto seguido, lo introdujo en una sala similar a la primera, con la misma mesa amplísima, los comensales alrededor y los larguísimos palillos que ya conocía.

Nuestro hombre exclamó:

–"No puede ser. Si la mesa dispone de los mismos manjares, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?"

–"Fijate bien", le dijo su guía. "Mira con atención cuando suena la campanilla".

Grande fue su sorpresa cuando, al sonido de la campanilla, todos comenzaron a tomar los alimentos de la mesa, pero en vez de intentar llevárselos cada uno a su boca, comenzaron a alimentarse mutuamente, y todos podía así disfrutar de los bienes que tenían ante sí.

Muy a menudo captamos el mundo en que vivimos como un infierno. Y las noticias que se nos acercan diariamente no hacen más que confirmar esta primera impresión.

Sucede que muchas veces hemos utilizado los “palillos” que son los medios de comunicación más como instrumentos individualistas que constructores del bien común y anunciadores de que un mundo mejor es posible.

La comunicación es, desde su etimología, este “poner en común” entre las personas: sus intereses, sus preocupaciones, su vida. No sólo los contenidos o temas a presentar, no sólo lo que hay que hacer.

Y desde el propio Don Bosco hemos aprendido a emplear todos los palillos que la evolución de la humanidad pone a disposición. Así, encontramos en toda la geografía de Argentina editoriales, radios, presencias televisivas, sitios web, revistas electrónicas, revistas especializadas, boletines parroquiales, institutos de formación, etc., que no hacen más que ser exponentes de una pasión: la de anunciar a todos que el Evangelio de Jesús trae una forma nueva, sorprendente y plenificante de vivir.

La comunicación social es hoy el factor más grande de socialización y de educación. Es una escuela sin límites de horario ni de espacio, donde se aprenden informaciones y modos de obrar, orientaciones de pensamiento y soluciones prácticas a los problemas que la vida presenta

Pero no reducimos la comunicación a los medios, sino sobre todo la consideramos como la capacidad de encuentro entre las personas. De allí que los patios siempre abiertos de las obras salesianas, emprendimientos de murgas, teatro, arte, etc., también son expresiones de esta voluntad de entrar en relación.

Aunque el problema no está en el hecho de usar o no instrumentos, sino en la capacidad de expresarnos adecuadamente. Si no tenemos nada para decir a los jóvenes de hoy, contribuiríamos al aturdimiento general que quizás caracteriza nuestro tiempo

Dijo Umberto Eco, conocido catedrático italiano contemporáneo, que “el oratorio de Don Bosco era una auténtica máquina de comunicación. Todo allí estaba orientado a favorecer las circunstancias para un auténtico encuentro entre el joven y el educador.” Y es en esta senda en la que como continuadores de Don Bosco queremos continuar transitando, para continuar formando “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.

Eduardo Devit sdb

Lic. Comunicación Social, UNR

 

 

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