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Testimonio Angola 2004

Manuel Ciavatti

Ayer era un sueño. Hoy es una realidad. Poder estar en Angola compartiendo una cultura muy diferente a la nuestra, muy particular, silenciosa, dolorosa por su historia, destruida material y moralmente; y también a la vez motivante para el misionero que acompaña su sufrimiento y da una palabra de aliento, o para el empresario multinacional que aprovecha sus ventajas económicas sobre un pueblo que prácticamente no fabrica nada y tiene una gran riqueza natural y lamentablemente vive al día sin tener perspectivas de futuro.

Personas llenas de un fervor interior que se refleja en cada rostro: en una madre y un niño llevando agua en sus cabezas desde el río Kwanza hasta sus casas a uno, dos o tres kilómetros; hasta el oír sus encantadoras voces y movimientos en cada canto eucarístico u oratoriano.

Al llegar a este lugar, particularmente me sentí como en mi casa. Encontrar una familia salesiana acá, donde no hay luz eléctrica, agua corriente y ni siquiera teléfono, pero sí un corazón acogedor de esta gran comunidad al estilo de Don Bosco, más conocido en el lugar como: la “Missão”.

Y Dios nos hace adaptarnos a la naturaleza y ya en dos semanas uno va comprendiendo ciertas cosas que hacen a que la obra de Don Bosco y de Dios se vaya realizando aquí en Dondo, salir de nuestras estructuras de vida y poner nuestra mayor disposición al servicio de la comunidad.

Hay diferentes tareas que el Pe. Marcelo Ciavatti y el Pe. José López nos van encomendando día a día. Las fijas son: la misa diaria y el rezo del Santo Rosario a las 18 hs (Como oración), los acompañamientos misionarios a las aldeas de jueves a domingo y de los siete oratorios los días martes y viernes. Estos últimos están distribuidos alrededor de la ciudad: “Cahoio; Lenga Lenga, Cassese uno y dos, Cafuma, Mucoso y Quibululo”.

En cada uno alrededor de 60 chicos y 20 jóvenes con sus respectivos animadores aprendiendo sus cantos de animación, sus danzas, juegos y también enseñando algunos propios de nuestros pagos. En uno particularmente quedé admirado como un niño de 10 años con una pierna paralítica ayudado por un bastón jugaba al fútbol. Sí, realmente se desplazaba con una destreza particular y unas ganas bárbaras venciendo a la inmovilidad y a la vez también, ganándose el respeto de sus compañeritos. Un crack.

En otra oportunidad en una de las misiones después de casi dos horas de lancha, cantando en portugués, en kimbundo, rezando y saludando a la gente de las diferentes aldeas que se van asomando cuando escuchan el ruido del motor, sobre los ríos Kwanza y Lucala llegamos a un lugar llamado “Kapungo”. Al llegar todavía había que caminar unos cuatro kilómetros por el medio del “Matto” (la selva) para llegar hasta “Kambunze” donde estaba la capilla.

Ya a mitad de camino antes de llegar, una señora que cargaba en su cabeza leña y llevaba en sus brazos un balde con unos frutos de palmera para realizar un aceite que ellos utilizan, nos vio y nos preguntó de dónde éramos. -De Argentina y estamos en la Missão- dijimos. Enseguida dejó sus cosas y dijo que esperemos unos minutos. Desapareció entre los árboles, fue a su aldea y en unos minutos vino con un coco y un machete en la mano. Lo peló, lo partió y nos convidó. Realmente quedamos admirados junto a Lito, Hugo y el Pe. Jorge por ese bonito gesto de esta señora. Después el recibimiento de la gente, sus emociones, el contexto natural, la alegría en medio de la inmaterial, etc.

Y así infinitos gestos de esta gente que uno va admirando y comprendiendo en esta experiencia. Hay veces que se hace difícil transmitir una vivencia para que el otro llegue a sentirla como uno.

Las tareas del resto de los días o no fijas se van completando a la medida de las necesidades que se van presentando y que hay que ir cubriendo. Acompañar a los jóvenes en las obras de construcción del Centro Profesional cargando y trasladando tierra para llegar a los cimientos, barrer, limpiar, acomodar, en fin prepararse para ayudar en lo que sea.

En estos días aprendí mucho de la vida de esta gente, a dar un saludo en cualquier parte, a valorar la luz del sol y el agua que sale de una canilla, a dar lo mejor atención que uno tiene cuando hay una visita grata, etc, en fin a tener otra visión de la vida material y de la vida de fe que van transformando al corazón que se abre.

Me quedo con recuerdos inolvidables, experiencias únicas y unas ganas de contagiar ese amor infinito que Dios nos regaló a cada uno.

Pedimos oración por esta comunidad, por la salud de los voluntarios y especialmente por este pueblo, para que de a poco pueda salir de ese ingrato recuerdo que dejó gravada la guerra y luchar por una vida digna como cada uno de nosotros realmente quiere.

 

© 2004 Inspectoría Salesiana Nuestra Señora del Rosario