Champaquí San Nicolás
Mi nombre es Mariela, soy docente de 2º año de EPB en el Don Bosco de San Nicolás.
Una mañana a principios de julio, me pidieron me acercara al colegio porque necesitaban hablar conmigo. Al acudir a la entrevista me encuentro con Tati y con Nico contándome que había surgido un inconveniente que había dejado sin acompañante a la flamante parte femenina de nuestra institución que haría la experiencia pastoral al Champaquí.
Dudé un poco, ya alguna vez había evaluado la posibilidad y había decidido que eso no era para mi, que sabía reconocer mis limitaciones, consideraba que mi cuerpo era demasiado frágil para soportar las exigencias de las que había oído, tenía el viaje; pero una vez más, como en otros momentos de mi vida, volví a sentirme identificada con aquella oración que aprendiera en mi adolescencia, en un retiro acompañado por el padre Rafael Hernández que decía: “Señor, tu me llevas de la mano. Yo me enojo, me resisto. Tu me miras, me sonríes… y me sigues llevando de la mano.” Y me encontré aceptando y entusiasmándome con la idea, tratando de entrenarme mínimamente en el poco tiempo que faltaba y asustándome cada vez más a medida que llegaba el momento… y no era para menos…
Nos sometimos (y hablo en plural porque todos reflejábamos con mínimas diferencias lo mismo) a una exigencia física extrema, debimos sobreponernos al frío, al cansancio…pero no solo al cansancio de caminar, con breves intervalos de descanso durante ocho horas y media, sino que la altura nos jugaba una mala pasada que nos dejaba sin aliento para seguir transitando aquel escarpado camino… Éramos 132 personas, caminábamos contra reloj ya que la noche haría más difícil aún la travesía y cuando el cansancio era inmenso y apenas, muchos de nosotros, podíamos con nuestra alma… (y ahora hablo por mi) estallaron una cantidad de sentimientos que me revelaban la presencia de Dios en el camino, en mi vida… Cuando sentía que no podía más, comencé a pensar por quienes ofrecer ese tremendo sacrificio y cargué en mi mochila a mis hijos, a toda mi familia, mis amigos, mis compañeros, mi trabajo… también tuve tiempo de pedir perdón por mis faltas y por las faltas de mis hermanos… y decidí acompañar a Jesús, y traté de alivianar el peso de su Cruz por momentos, aunque en otros le pedía que aliviane la mía.
No fueron pocas las manos que distintos adolescentes y adultos me tendieron para facilitarme superar algún obstáculo, pude escuchar palabras de aliento de muchos otros, no solo hacia mi, sino hacia cada uno de los que nos costaba más continuar avanzando. Vi varios muchachos cargando dos mochilas para aliviar a los más débiles… el corazón me estallaba, por momentos por el esfuerzo, por otros de amor por tanta muestra de amor desinteresado.
Y paso a paso, pidiendo fuerzas a María, habiendo caído la noche y “última cómoda” pude completar la primera etapa llegando al refugio.
La segunda etapa fue más corta, con la ventaja de no cargar con mochilas pero tan exigente como la anterior... o más. La cima parecía inalcanzable, pero siempre con manos tendidas con tramos de camino solitario, con otros entablando conversaciones, rezando, invocando a los ángeles de la guarda de todos nosotros para que estuviesen atentos y nadie se lastimara gravemente, con mucho esfuerzo, logramos llegar a la cumbre.
Nos desplomamos unos instantes para descansar, comimos algo y luego recorrimos los cuatro puntos cardinales para observar una de las expresiones más absolutamente maravillosas de la creación, la grandeza de nuestro Señor a la vista, su inmenso amor por nosotros reflejado en aquellos paisajes que injustamente llamaré espectaculares, porque eran mucho más que eso… Por un lado las nubes a nuestros pies, por el otro podíamos ver nuestro camino recorrido… distintas tonalidades de verde, marrón y el blanco de la nieve salpicada por doquier. Nos dedicamos a sacar fotos que jamás harían justicia a lo que estábamos viendo con nuestros ojos, pudimos hablar con nuestros seres queridos porque allí los celulares volvían a cobrar vida y nosotros necesitábamos compartir nuestra euforia con ellos…
El regreso fue un tanto más fácil lógicamente, pero además porque habíamos crecido, nos sentíamos más fuertes, sabíamos que podíamos. Creo que nos cambió el ¿seré capaz? Por el “yo puedo con cualquier desafío”… Ya no se escuchaban tantas quejas de nuestros chicos y chicas que, acostumbrados a las comodidades de nuestros tiempos, expuestos a semejantes presiones, rezongaron y dijeron, algunos, muchas “malas palabras” a la ida… volvieron más grandes, creo yo… lo espero, ojalá esta experiencia no les pase por el costado, ojalá los atraviese justo por el corazón y entiendan… ¡qué bueno fue compartir! ¡Qué bueno fue ayudar! ¡Qué bueno que me ayudaron! ¡Qué inmenso es el poder de Dios! ¡Cuánto nos ama!
Personalmente quiero dar las gracias a Nico, Tati, Alicia y Mery que antes que yo, creyeron que sería capaz de acompañar esta experiencia, gracias a todos los que me dieron la mano, una palabra de aliento y compañía en el camino. A mi familia y mis amigas – compañeras, que se comunicaban y alentaban desde acá, al padre Juan Fasolato que nos acompaña y nos anima con su oración permanente y especialmente al padre Alejandro Gómez, que nos guió, me honra con su amistad y me hizo entender lo que lo hacía pasar una y otra vez por una experiencia tan dura y agotadora y es que en su misión de pastor, puede lograr que muchos jóvenes valoren, sientan, extrañen, amen, se sientan amados, crezcan y se encuentren con Dios en medio de su maravillosa creación.
